Postura ante la Educación
Autor: Karina Magdalena Hernández Ochoa*
Ante la constante crisis que envuelve a la educación, el maestro debe revalorar su postura como profesional que es ante una situación que lo aleja de su verdadera vocación. Para ello, la reflexión es necesaria. Es un alimento que gratifica las expectativas puestas en un quehacer diario que puede volverse monótono, plagado de enajenación, que lo vuelve autómata de su propio reconocimiento. Este instrumento devuelve el entusiasmo perdido ante una batalla que nunca termina.
Considerando al maestro como quien resiste las irrupciones de las nuevas reformas educativas, su papel se vuelve crucial. Es el con su propia concepción de la enseñanza, quien le da color a un día monótono; es el que hace fascinante un cuento histórico plagado de datos inteligibles y poco significativos para un niño sentado frente, no a su maestro, a una persona con cualidades especiales que le transporta a un mundo grandioso, nunca antes descubierto por sus ojos. Es el maestro el protagonista principal. El navega en un mar de imprecisiones terminado su recorrido con una bandera de éxito que es reconocido sólo por el mismo; a lo mucho, por los alumnos y sus familias. El maestro es entonces espíritu inquieto que busca la adecuación, la transformación de un mundo árido para volverlo bosque de posibilidades. Tiene como aliados a los conocimientos que bailan una danza rítmica, constante, acelerada y que requieren de un paso ágil para comprender todo lo que ellos mismos representan. Cuenta con metodologías que hacen de sus alumnos grandes bailarines, pero que también le hacer reconocer ese paso trémulo que se niega a ejecutar la danza con la misma rapidez. El, como un investigador, desentraña la causa, la comprende, la desnuda de toda oscuridad, de todo engaño, para volverla claridad de ejecución; es él quien retoma las habilidades particulares llevándolas a una ejecución casi perfecta de la danza que antes era imposible para su aprendiz, que con ojos atónitos, apenas puede creer todo lo que ahora puede hacer.
Es gracias a su constancia que cualquier nueva modalidad educativa, pregonada como la varita mágica que solucionará el complejo campo educativo, no le deja desarmado. El sigue siendo maestro. No importa tanto el cómo, el cuándo o el qué. Importa más su propio compromiso con la educación, su propia entrega, su propia identidad de maestro. Esta es inquebrantable y lo lleva a lograr lo que parece inalcanzable, que los nuevos alumnos aprendan. Su fe en el proceso de aprendizaje es inmensa. Claro que es difícil enfrentarse al dragón de los conocimientos; cuando menos se espera lanza ardientes llamas que pueden lastimar profundamente el entusiasmo de un aprendiz trémulo, que desconoce si es necesario continuar por ese camino lleno de sin sabores. Es entonces que el maestro se vuelve esperanza, es el apoyo que tanto se desea cuando la fragilidad se apodera de los más recónditos huecos del alma, él está parado ahí brindando apoyo que despeja esa minusvalía sentida.
Aunque el futuro sea incierto, el maestro siempre será necesario. Revisando una lección por su cuenta, el alumno carece de ese aderezo especial que él ofrece; todo es lineal cuando se carece de tan importante apoyo; cuando está presente, las letras inscritas en los libros comienza su danza traviesa cumpliendo el objetivo de llevar al alumnos a la comprensión máxima de los temas incluidos. Todo es diferente, los textos se aclaran rápidamente, la acogida final es más gratificante, la calidez de su explicación lleva a sentirse admitido por los temas y deja de largo el no sentirse jamás involucrado en ellos; su explicación brinda esa tranquilidad que otorga el trabajo bien hecho.
El maestro podrá ser amable, cariñoso, como un padre con su hijo, pero siempre deberá seguir siendo el maestro. Firme ante su tarea, sin dejarse perturbar por errores cometidos por sus alumnos o por excesos de confianza que como hijos malcriados, los alumnos esperan sólo complacencias a cambio. Teniendo firme su tarea, encontrará la mayor satisfacción al realizar un trabajo bien ejecutado. Demandará de sus alumnos cooperación para ejecutar los programas destinados a hacer de ellos profesionistas del conocimiento y no sólo repetidores de una cantaleta ya muy gastada que no ofrece expectativas futuras para su crecimiento personal. Los incitará a adoptar un estilo de vida particular en donde lo excelente es lo preferible para ejecutar. Enseñará no sólo con palabras, demostrará su propia filosofía con la adopción de ella a su particular estilo de vida.
Esto lo logra contando con un arsenal de conocimientos, con metodologías innovadoras, con tecnologías de última, todas ellas entendidas sólo cómo instrumentos que le facilitarán la tarea, pero la verdadera esencia de cómo enseñar, se encuentra en sí mismo; es la más poderosa arma puesto que es única, irrepetible e irremplazable. El sabe como mezclar todas las cualidades metodológicas explicadas desde un frente irreal para traerlas a un contexto particular, específico, creado por sus alumnos en una interacción grupal única. Comprende los objetivos que marcan a una institución en la elaboración de patrones pertinentes; los hace suyos muchas veces, otras tantas busca su adecuación para que tenga como meta el mejorar la calidad del trabajo; junto con sus compañeros, llevarán a elevar la calidad de la educación realizando un trabajo consciente, analítico, innovador pese a los problemas en los que se encuentre inmerso, ya que esa es la esencia de todo cambio.
Actualmente la educación atraviesa por diferentes problemáticas, las posibles soluciones se impregnan de políticas que responden a gobiernos con ideologías que no pueden ser adecuadas a la propia dinámica educacional. El maestro responde a ellas con su espíritu emprendedor, pero se siente derrotado cuando estas posibles soluciones se van transformando en más de lo mismo por los actores de los síndicos. El reto es lograr un cambio general a partir del maestro y su alumno. Reconocer esta conjunción analizando cada uno de sus elementos sin perder la lupa globalizadora, es lo que realmente llevará a un cambio, en donde la educación evoluciona a la par de la sociedad con la que interactúa y a la que prepara para resolver los problemas actuales y futuros de la especie humana. Nada sirve si el maestro se desconecta del alumno o si los alumnos olvidan lo maravilloso que es aprender con una persona llamada maestro. Respetar esta dualidad es hacerla crecer hacia la calidad que realmente se merece cada individuo que se llame educado.